El pasado día 22 fue el día para Igualdad salarial, una fecha que nos sirve para reivindicar cada año, lo que no nos cansamos de repetir cada día. Que las mujeres cobramos menos por trabajar que nuestros compañeros.

Y da igual que formula utilicemos y quien haga los cálculos. La cantidad varía y los porcentajes también, pero la diferencia existe y es evidente.

De sobra son conocidas sus causas. Nosotras trabajamos en sectores con peores condiciones de contratación. Somos doblemente precarizadas, nos contratan a tiempo parcial y por temporadas. Tenemos más dificultades para promocionar y ascender en la empresa, y, además, los complementos de las nominas están muchas veces vinculados a la disponibilidad.

Disponibilidad que las mujeres no tenemos porque no somos dueñas de nuestro tiempo mientras tengamos que asumir en solitario las tareas de cuidados. Que las mujeres no tengan un salario digno puede ser la diferencia entre salir del entorno del maltrato o continuar con su posible agresor.

Si no acabamos con la brecha de los cuidados no acabaremos con la brecha salarial.

Los efectos de esa brecha salarial sí que los conocemos. Defendemos la independencia económica de todas las personas. Aunque no solo denunciamos la discriminación salarial, sino que gracias a nuestras propuestas las empresas están obligadas a tener un protocolo de acoso sexual y por razón de sexo para proteger, en la medida de lo posible, a las trabajadoras y actuar sobre los babosos y agresores.

Pero ni así hemos podido parar la sangría de la violencia de género y la violencia vicaria. Hemos tenido un inicio de año terrible en cuanto a los asesinatos machistas. La víctima más joven 10 años y la mayor 78.

Seis de las mujeres asesinadas estas semanas habían denunciado y aun así no pudimos protegerlas.

Como defensoras de la clase trabajadora reclamamos que los entornos laborales sean espacios seguros, libres de todo tipo de violencias, pero Ana María, fue asesinada el lunes 16 de febrero de 2026 en el centro de salud de Benicàssim, donde trabajaba como enfermera. Su expareja, un hombre de 70 años, de nacionalidad española y odontólogo jubilado conocido en la localidad, la atacó con un arma blanca de grandes dimensiones mientras ella se encontraba desempeñando su labor profesional. Nadie pudo evitarlo.

Tenemos que seguir exigiendo la protección en los entornos laborales. Que las mujeres amenazadas no tengan que desempeñar su trabajo en lugares en las que estén expuestas. Que la protección sea efectiva en todos los ámbitos. Y aquí tenemos mucho que decir. Tenemos el deber de exigir esas medidas de protección, acompañar a las mujeres y denunciar cuando no se apliquen.

Además, como ciudadanas y ciudadanos tenemos la obligación de hacer todo cuanto esté en nuestra mano para erradicar el terrorismo machista, y hay que hacerlo de raíz. Dejar de poner en duda la palabra de las mujeres; dejar el paternalismo; dejar de minimizar los comportamientos molestos, de broma o acoso, dejar de excusar a los maltratadores, dejar de buscar justificación para la agresión o el insulto… si no, seguiremos fallando a las mujeres, seguiremos tratando injustamente a más de la mitad de la población.

Solo acabaremos con esta violencia contra nosotras cuando todos y todas digamos basta.

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