Hoy nos reunimos aquí desde el respeto, desde la tristeza y desde la necesidad de no callar. Porque el silencio ya no es una opción. Porque ya no podemos mirar hacia otro lado y porque tenemos una responsabilidad con ellas, con las que  ya no están.

En lo poco que llevamos de este año 2026, cuatro mujeres han sido asesinadas por violencia de género. Cuatro nombres que no debemos olvidar: Pilar (38 años), Czarina (43 años), Mª Isabel (58 años) y Mª Carmen (78 años).

Nos duele cada una de ellas. Nos duele saber que no llegaron a tiempo la protección, la escucha o la ayuda. Nos duele asumir que, como sociedad, no hemos hecho lo suficiente. Cada una de ellas deja un vacío irreparable y una pregunta que se nos plantea a toda la sociedad: ¿qué más debemos hacer para que esto no siga ocurriendo?

Cada asesinato por violencia machista deja una herida que atraviesa familias y conciencias. Nos recuerda, de la forma más cruel, que la desigualdad y el machismo siguen matando. Que la violencia contra las mujeres no es un hecho puntual, sino una realidad persistente que exige una respuesta firme y colectiva.

Por eso hoy alzamos la voz. Por ellas. Por las que ya no están y por las que viven con miedo. Reclamamos educación en igualdad, prevención real, recursos eficaces y un compromiso firme contra cualquier forma de violencia machista. Reclamamos que ninguna mujer sea cuestionada, ignorada o dejada sola. Hoy alzamos la voz por las que han pedido ayuda y no siempre han sido escuchadas.

Desde UGT y CCOO decimos basta ya. Basta de violencia. Basta de asesinatos. Basta de silencios que protegen a los agresores y se olvidan de las víctimas.

Tampoco nos podemos olvidar de la violencia sexual en el trabajo y del abuso ejercido por los más poderosos.

Esta violencia no siempre deja marcas visibles, pero hiere igualmente. Se manifiesta en comentarios, insinuaciones, tocamientos, chantajes, amenazas veladas o explícitas. Se apoya en el miedo a perder el empleo, en la dependencia económica, en el prestigio o la autoridad de quien agrede. Y, demasiadas veces, se mantiene gracias al silencio impuesto. No es un malentendido.
No es un exceso. No es consentimiento. Es violencia.

La violencia sexual en el ámbito laboral vulnera derechos fundamentales: el derecho a la dignidad, a la integridad, al trabajo seguro y al respeto. Ninguna persona debería tener que elegir entre su trabajo y su dignidad.

Cuando quien agrede tiene poder —jerárquico, económico, político o simbólico— el daño se multiplica. Se desacredita a las víctimas, se las cuestiona, se las culpa. Se protege al agresor y se castiga a quien denuncia.

Por todo esto hoy decimos basta ya. Basta de normalizar lo que es intolerable. Basta de mirar hacia otro lado. Basta de exigir valentía a las víctimas mientras se protege al agresor.

Porque la violencia y el acoso que sufrimos las mujeres es una herida abierta que solo cerraremos juntas y juntos, con igualdad, respeto y dignidad.

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