Carmen Escandón

El 22 de febrero es el Día europeo por la igualdad salarial, y tenemos que recordar que las mujeres en España debemos trabajar 53 días más al año para tener la misma retribución que los hombres, por un trabajo igual o de igual valor. No importa hacia dónde miremos ni cuál sea la fuente consultada, la conclusión es irrefutable: la brecha salarial existe, y lejos de mejorar o corregirse, se perpetúa. Hasta la CEOE, con su ejecutiva recién estrenada, anunciaba hace unos días que prepara un informe con motivo de esta fecha. Desde luego es un avance, porque el primer paso para corregir un problema es reconocer que existe. En la misma fecha el año pasado, teníamos una patronal que negaba la mayor y un gobierno que decía que no tocaba entrar en eso.

El último informe sobre los sueldos de la Organización Internacional del Trabajo, (noviembre de 2018), indica que, a nivel mundial, las mujeres reciben un salario inferior en un 20% al de los hombres debido a factores que tienen su origen en la discriminación, los estereotipos y la maternidad.

A nivel europeo, según Eurostat, el salario de las mujeres es por término medio un 16,2% inferior al de los hombres. En España, según el Instituto Nacional de Estadística la brecha salarial se sitúa en torno al 23%, mientras que en Asturias se cuantifica en algo más del 29% si la medimos en retribuciones medias anuales y en torno al 22% si en términos de salario/hora. En ambos casos, somos la comunidad autónoma con una brecha salarial más alta, en parte por la naturaleza de nuestro tejido económico.

Las razones de la brecha salarial son múltiples, como múltiples han de ser las respuestas y soluciones para atajarla. No existe una receta única e infalible. La segregación horizontal y vertical de las mujeres, tanto en el acceso al empleo como en la promoción profesional; las estructuras retributivas con sus complementos sesgados por género y discrecionales; la valoración de los puestos de trabajo con criterios marcadamente masculinizados, que no tienen en consideración los trabajos relacionados con el cuidado (tradicionalmente femenino)  y los valores o cualidades que implica; la ausencia de corresponsabilidad de ellos y su absentismo del hogar, y la falta de conciliación, porque las mujeres dedicamos nuestro tiempo a las tareas domésticas y de cuidados, y lo hacemos gratis.

Y la maternidad, que condiciona especialmente el desarrollo profesional de las mujeres, sus salidas constantes del mercado de trabajo, con carreras discontinuas que influyen en las retribuciones salariales mientras trabajamos, pero también en las pensiones del futuro y en las eventuales prestaciones que tengamos que percibir. Hasta tal punto influye esta última variable, que según un estudio realizado por la London School of Economics, la maternidad representa el 80% de las causas de la brecha salarial de género en un país como Dinamarca.

Mientras trabajamos para conseguir un cambio social que implante definitivamente la igualdad real y efectiva, tenemos que aplicar todas las medidas a nuestro alcance para corregir esta situación anómala e injusta. Será necesario y urgente que propiciemos el disfrute de los mismos permisos parentales, personales e intransferibles; que en educación, favorezcamos la incorporación de nuestras jóvenes a titulaciones técnicas y tecnológicas, no sólo universitarias, sino también titulaciones de FP, que aseguren empleos bien remunerados. Y también la dedicación de nuestros jóvenes varones a carreras relacionadas con el cuidado, aportando valor así a estas profesiones sin las cuales no podemos poner en marcha cada mañana el mundo.

Pero también una Ley de igualdad retributiva que establezca un sistema de auditorías y controles, transparencia en las retribuciones (todas ellas), y un cuerpo de sanciones que permita a la Inspección de Trabajo, dotada de los suficientes recursos, también humanos, perseguir esta brecha salarial, que es discriminatoria, que es injusta y que sobre todo es ilegal.

No podemos olvidar que los emolumentos que dejamos de recibir las mujeres, son recursos que dejan de circular en la economía (no contribuyen al IRPF, no cotizan a la seguridad social) y detraen importantes cifras para el funcionamiento del conjunto de la sociedad.

Me pregunto qué ocurriría si para corregir este “defecto de fábrica”, se hubiera propuesto que las mujeres, por el mero hecho de serlo, tuviéramos reconocido sin más, un “complemento por cuidados” que resultara inalcanzable para ellos. Si la brecha fuera a la inversa, y operara a favor de las mujeres, ¿estaríamos hablando de esto? ¿Cuántos compañeros varones estarían dispuestos, para corregir la brecha salarial de género, a que su café diario costara un 29% más (que es la brecha salarial en el Principado de Asturias, la más alta del país)?

Por último, y para que nadie se sienta tentado a intentarlo, la eliminación de la brecha será por igualación al alza (porque las mujeres cobremos igual que los hombres, por un trabajo de igual valor) y no por igualación a la baja (bajando los salarios de ellos para hacerlos confluir). Porque en esto, como en tantas cosas, no todo vale.

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